jueves, 16 de febrero de 2017

Empleo, inteligencia artificial y emocional



 

                                                                                               Juan Genovés

Organicemos el tráfico para un mundo más inclusivo. Si la deslocalización de las empresas ha sido principal factor de pérdida de puestos de trabajos en el reciente tiempo, ahora surge un nuevo fenómeno que tendremos que enfrentar como es la robotización y todo ese espacio relacionado con la inteligencia artificial, aunque pueda incluso favorecer la relocalización. La desaparición de profesiones, hasta ahora muy interiorizadas en nuestra sociedad, fruto de esos nuevos escenarios, irá acompañada del surgimiento de otras nuevas que ya se están anunciando. 

La correlación oferta y demanda de empleo, sin duda, será aprovechada, si se lo permitimos a los de siempre, para justificar nuevos intentos de agresión a una clase trabajadora cada vez menos homogenea y por ello más difícil de organizar. Por tanto, será necesario exigir mayor regulación de todo lo que suponga inteligencia artificial, poniéndola al servicio de las personas y no solo de las empresas. La reducción de la carga de trabajo que viene, debe prorratearse entre aquellos que trabajan para favorecer el acceso al trabajo de tercero y utilizar el tiempo de ocio como espacio para humanizarnos. La robótica que nos sustituya en el puesto de trabajo tendrá que pagar a través de los propios beneficios de la empresa un canon para la igualdad; de otra manera no tiene sentido ese progreso.

Se me escapa el impacto que este escenario pueda tener en el corto y medio espacio de tiempo, y mucho más en las respuestas que puedan amortiguar o equilibrar esta situación emergente, acometiendo sin dilaciones respuestas colectivas inmediatas en un atlas de innumerables riesgos, reclamando el derecho al trabajo digno como premisa central para la asunción de un concepto de ciudadanía, más amplio, más responsable y más libre. Pero también asegurando la dignidad fuera del empleo, denunciando la criminalización de un sistema que te culpabiliza por no encontrarlo porque sencillamente es incapaz de producirlo. En definitiva, porque es posible la mejora de la productividad, integrando nuevas relaciones horizontales en el trabajo, favoreciendo fórmulas de conciliación con el desarrollo personal, obviando la solución de reducir los costes laborales como alternativa. 

Parece evidente que el valor añadido y el talento que genera las personas en su puesto de trabajo crecerá exponencialmente en un contexto emocional sano, participativo y no lo vamos a alcanzar, ni lo estamos alcanzado por ese camino tan visitado, tan ineficaz e ineficiente,y  tan injusto como es la "chinarización" en nuestras relaciones laborales.

En principio, es ineludible preguntarnos si nuestro sistema educativo y los servicios públicos de empleo tienen en su centralidad, estrategias generadoras de personas con capacidades ricas en autonomía, autogestión de los conocimientos, empoderamiento para liderar proyectos vitales y generar valor añadido en la gestión de nuestras vidas. Puede que un cambio de perspectiva pudiera dar respuestas al mundo que ya está aquí; fundamentado en innovación tecnológica, inteligencia artificial y robotización, donde al menos un tercio de las competencias actuales sufrirán modificaciones importantes,  los puestos de trabajo sin cualificación serán residuales y los títulos universitarios, sin las habilidades que agrupan lo que se viene en llamar inteligencia emocional, estarán devaluados. 

Si el tiempo de aprendizaje para una persona es lo que dura su vida y el resultado es lo que conseguimos acumular ¿Por qué el modelo tradicional de aprendizaje queda circunscrito a ciclos escolares que evalúan y miden tan solo las competencias específicas? ¿Por qué las empresas deberían limitarse en su reclutamiento a exigir un título o una certificación profesional en exclusiva?. ¿Por qué un trabajador debe ceder gratuitamente casi la totalidad de su vida a una empresa, en el mejor de los casos, por un salario digno, excluyendo el "salario emocional" que debiera complementarlo?. Las respuestas a estas preguntas nos llevan a poner el acento en la necesidad de generar propuestas de aprendizaje que completen los agujeros negros de nuestro sistema educativo y el propio sistema de formación para el empleo y una regulación laboral que no asfixie el derecho del trabajo


                                                                                                Juan Genovés

El abordaje integral hacia la empleabilidad, debe apostar por una concepción innovadora que inserte en el mundo laboral, dando respuesta al actual escenario laboral que afronta un panorama muy cambiante, pero a la vez incierto, y que señala una dirección inevitable a la incorporación de nuevas habilidades y competencias reclamadas en el espacio productivo, aunque también como ciudadanía plena donde la inteligencia artificial se ponga al servicio de la salud emocional de nuestras vidas como colectividad. Por ello, la concepción holística de competencias debe situarse en un marco dinámico, preparando a empresas y trabajadores, dentro de un contexto global que pase por un ineludible contrato social, para dar respuestas compartidas, siendo sostenible  económica, ambiental y socialmente. Los empleos relacionados con las emociones, en el campo social, educativo o sanitarios serán refugios de empleo donde la inteligencia emocional será esencial.

Si queda constatada la necesidad de cambiar el modelo productivo, también debemos poner en cuestión los métodos y las formas de producir, planteando cambios estructurales que solo podrán ser justificables en otro modelo más inclusivo para las personas como ciudadanos y ciudadanas.  De lo contrario, la deriva, la falta de cohesión social y el incremento de la desigualdad están aseguradas. La inteligencia artificial al servicio del empleo decente, de nuestro tiempo y de nuestra felicidad. Vayamos pensando en aplicación de una Renta Básica, una reducción de las horas trabajadas por persona y una RobotTaxa.

O se trata de cambiar el modelo profundizando en sus contradicciones, como nos siguen invitando los responsables de una crisis sistémica o se fuerza progresivamente a otro modelo de empresa más colaborativa, más alejado de criterios directivos al uso, favoreciendo la transformación de los patrones "clásicos" de empresa  en otro de nuevo cuñoasegurando la participación dentro de la empresa, apostando decidida y sistemáticamente por incidir en la mejora de nuestro sistemas educativos y formativos para desarrollar habilidades, capacidades y competencias que favorezcan un cambio necesario, inclusivo e innovador en nuestro modelo productivo. En esa apuesta, deben estar comprometidos sin miedos y con generosidad la administración, y los agentes sociales y económicos, siendo la concertación y la negociación colectiva las herramientas infalibles que posibiliten el cambio social necesario.  Por ahora, pintan bastos.



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lunes, 6 de febrero de 2017

Amigos míos de cine



    Ahora, que ya hace 30 años del cierre del Cine Coliseum de Plasencia, 
retomo un articulo que escribí en Octubre de 1996
 en la revista "El Norte de Extremadura y seguimos celebrando nuestra amistad
recordando a los que se fueron. 


Durante los últimos días de agosto en los que la piqueta ha bajado el telón definitivamente en el Cine Coliseum no he dejado de sentir un acusado ramalazo de nostalgia compartida por muchos y asociar es escenario a hechos y a nombres de aquellos primeros amigos míos de cine. Fue en aquel reducido universo dónde nos atrevimos a escribir, con millares de graffitis vertidos sobre unas butacas y en las paredes del retrete, las obras completa de nuestra recién iniciada utopía.  

Puede que esté edificio, construido con la participación popular y cuyas acciones han sido fagocitadas en el tiempo, no tuviera ningún valor arquitectónico para el conjunto de nuestra ciudad; es más, me atrevo a decir que su visión resultaba pesadamente granítica y estéril, pero seguro que su desaparición ha afectado a la íntima microhistoria de una amplia etapa de muchas de nuestras vidas y nos ha hecho rememorar la desaparición de otras míticas salas. 

Es el penúltimo plano que se borra en nuestra mágica  e intransferible película donde van cayendo, fotograma a fotograma, secuencias del los cines Avenida, Las Vegas, del Teatro Sequeira... En ellos, fuimos el Llanero Solitario cabalgando en un banco de madera preñado de chinches en el gallinero del cine Alcázar, Ben-Hur derrotando a Mesala, Tarzán, ortopédicamente enamorado de Jane, saltando de liana en liana. Nos conmovió el encuentro entre el monstruo Frankenstein y una niña: "¿Quién eres?, "Yo soy María", ¿Quieres jugar conmigo". 

Luego, más tarde, entendimos lo que era la libertad con Charlot en El Gran Dictador o hicimos la siempre revolución pendiente con el Acorazado Potemkin y Octubre en los diez días que hicieron temblar el mundo y que convulsionaron nuestras mentes. Mi último recuerdo en este cine está unido a una irrepetible emoción cuando vi Las Vacaciones de Monsieur Hulot que promotores de la revista Retazos programaron con un gran acierto dentro de un maratón de películas. Con el cine se demostró la teoría de la relatividad y la muerte que hasta entonces pisaba los talones, dejó de ser absoluta y Charlon Heston, Johnny Weissmüller, Mauren O'Sullivan, Boris Karloff, Charles Chaplin y otros tantos alcanzan en nuestra memorias el perpetuado y quieto espacio de la inmortalidad. Tan inmortales y junto a ellos, a pesar de las cuñas del tiempo, aquellos amigos míos de exploración temprana en las frías tardes de cine: Eduardo, Víctor, Manolo, "Popeye", "Chopera", Paco, Toni, "Cheguy", Foro, Vampi, "Bollito" y nuestro malogrado Faustino con los que tanto y tanto fue compartido. 

Hablar de aquellos primeros amigos míos de cine, es evocar aquellas irrecuperables noches de estío y otoñales tardes soñadas de domingo con programa doble, con olor a piruleta y pipas de la "tía Felisa", de batallas de kikos entre plateas, programación de "peloteas" en el Cancho del Avión y guerra de cagajones de vaca en la Plaza de Currito, juramentos de fidelidad eterna, la primera cintura y aquella cadera atrapada, intercambio de veinte cromos por una Hazañas Bélicas, el aterrizaje apresurado en una butaca perseguido por el acomodador y el grito boicoteador de toda la peña vociferando "Fumanchu, Fumanchu..." cuando la cinta era un pastel infumable y nos preguntamos porqué nunca ganan los malos.

Es ahora, cuando desaparece, plano a plano, un escenario más del paisaje de nuestra infancia y adolescencia, despertada con el vuelo entre sombras y a escondidas de un primer beso con nombre y apellidos que nos elevaba a la última fila de butacas y que se convertía por universal estrategia de la chiquillería en el ansiado paraíso terrenal. Es ahora, cuando no puedo dejar de sustraerme a recuerdos que habitan escondidos en los rincones de mi memoria. 
En ese espacio limitado de una butaca, en la demandada oscuridad, donde una insoportable linterna interrumpía nuestro iniciático sueño fuimos transportados a ese estadio absoluto de transitoria y divina imbecilidad que Ortega y Gasset decía que era el amor.